El Bautismo y la Teología del Pacto
por el Rev. Ramón Miranda

I. Introducción

El bautismo cristiano ha sido tema de grandes e interminables debates teológicos a través de los siglos y todavía no ha concluido… y creo que está lejos de concluir.
Este pequeño tratado de reflexión tratará de presentar el fundamento bíblico teológico de la Tradición Reformada dentro de nuestra Iglesia Presbiteriana. Sólo estamos abriendo un diálogo dialéctico. Se hace necesaria esta reflexión no sólo por el interés que tiene nuestro pueblo hispano de conocer qué creemos los presbiterianos, sino para ayudar a los pastores y líderes de nuestras iglesias porque muchos desconocen el fundamento bíblico teológico reformado y para otros que tampoco creen ni reconocen el bautismo a los infantes.
Presentaré una serie de planteamientos que le darán sentido de orientación a nuestra reflexión. Abramos pues, un canal de discusión sobre el tema: Bautismo de infantes: pacto y obediencia.

II. Estableciendo el Fundamento

1. Primer Planteamiento: “Toda la Biblia es revelación de Dios”.
La afirmación bíblica: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redarguir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16), tiene que ser el primer fundamento para abrir éste o cualquier diálogo en la iglesia. Como creyentes en Jesucristo y como buenos reformados tenemos que creerlo. No podemos hablar de la naturaleza y origen del pecado, de la fe, del pacto, la ley, la justicia, la santidad, el sacrificio, la redención, etc., si no lo vemos dentro de la panorámica bíblica total. El Antiguo Testamento es punto de partida, es promesa, es espejo como bien señala el apóstol Pablo; por otro lado, el Nuevo Testamento es cumplimiento, es plenitud, es testimonio pleno de la Palabra, que es Cristo.
No podemos hablar de postrer Adán (Romanos 5:12-19; 1 Corintios 15:45) sin antes hablar del primer Adán, no podemos hablar del nuevo pacto sin conocer el antiguo pacto, no podemos hablar de la cena del Señor sin antes hablar de la Pascua, así tampoco podemos hablar del bautismo como señal de iniciación al cuerpo de Cristo sin antes hablar de la circuncisión como rito de inclusión al pueblo de Dios.

2. Segundo Planteamiento: “Somos el pueblo del Pacto”.
El Dios soberano que se revela en el Antiguo Testamento es el Dios del pacto y escoge un pueblo para que así mismo sea “el pueblo del pacto”. Los pactos comienzan con la declaración de Dios: “Estableceré mi pacto” (Génesis 6:18; Exodo 6:4-5). En este sentido encontramos que Dios y el hombre no son partes iguales ya que el pacto es unilateral y refleja el caracter incondicional de la elección.
Esto se inicia con Abraham (Génesis 17:7) al cual llama para hacer un pacto eterno, un pacto de salvación que se extenderá de generación en generación. Como hemos visto, el pacto es unilateral en su establecimiento, pero es mutuo o bilateral en su realización. Dios ordena a su pueblo elegido que guarde su pacto en obediencia y por amor a él. (Deuteronomio 7:9,12; 1 Reyes 8:23). Dios dice: a) “anda delante de mi y sé perfecto”, b) “circuncidarás a todo varón en señal de limpieza”.
Calvino hablando del pacto dice: “Cuando Dios hizo alianza con Abraham no comenzó diciéndole que se circuncidara sin saber porque había de hacerlo, sino que le explica el pacto que quiere confirmar con la circuncisión; y después que Abraham creyó en la promesa, entonces le ordenó el sacramento. En cambio su hijo Isaac, la recibe antes de poder comprender lo que hacía, porque el hombre ya en la edad del discernimiento, antes de ser hecho partícipe del pacto debe saber primero qué es y en que consiste. Como el hijo del creyente participa del pacto de Dios sin entenderlo, no se le debe negar el signo, pues es capaz de recibirlo sin necesidad de comprenderlo” (Instituciones Cap. IV, XVI, 24-26).
Este Dios escoge una señal distintiva para establecer el pacto: la circuncisión (Génesis 17:11), entendemos que Dios utiliza un símbolo externo de purificación para representar la operación de una limpieza espiritual interior (Deuteronomio 30:6).
En el pueblo del pacto, la circuncisión no sólo era para los adultos sino también para los infantes, y para los siervos o sirvientes de la familia, porque los pactos de Dios incluyen a generaciones subsiguientes de la persona que se une al pacto.
En Génesis 17:12, Dios instruye a Abraham que le imparta este símbolo de salvación a todo infante recién nacido en su casa. Estos niños no habián confesado su fé, ni tenían capacidad para hacerlo, y aún así Dios se comprometió a tratarlos de una forma especial.
Dios nos escoge como pueblo del pacto y como tal debemos responder al reclamo de vivir en obediencia y por amor a él. Los tiempos han cambiado pero Dios continua con su demanda que el pueblo guarde su pacto, porque a través del nuevo pacto alcanzaremos la justificación y la santificación (Hebreos 8:10-12; 10:15-18; 13: 20-21).
La aplicación del bautismo como señal del nuevo pacto es paralelo a los pactos del Antiguo Testamento, cada uno de los cuales incluía a los niños.

3. Tercer Planteamiento: “Dios establece los símbolos de sus Pactos”
Cada pacto tiene una señal o símbolo que tiene un significado espiritual en esa relación de pacto entre el pueblo y Dios. Señalaremos algunos ejemplos de ellos.
En el pacto de la elección que establece con Abraham, Dios pone una señal en el órgano de cada niño o adulto: la circuncisión (Génesis 15:1-3; 17:1-22). Esta señal tendría un significado espiritual posteriormente (Deuteronomio 10:16; Jeremias 4:14; Colosenses 2:11; Romanos 2:29).
Con Moisés, Dios establece el pacto de la ley en el Sinaí y utiliza como señal o símbolo la sangre rociada sobre el pueblo y viene a ser la sangre del pacto (Exodo 24:1-8).
Con Jesús se establece un nuevo pacto en su sangre, donde el pan y el vino se constituyen en los símbolos del mismo (Mateo 26:28; 1 Corintios 11:25-26). La señal externa de inclusión a la comunión del pueblo que expresa la limpieza interior del Espiritu Santo en la vida del creyente, lo es el bautismo, el agua es el nuevo símbolo del pueblo de Dios.
Como vemos todo pacto tiene un símbolo o señal que autentica el pacto y que en obediencia el pueblo debe aceptarlo y practicarlo.

4. Cuarto Planteamiento: “El bautismo es la señal del nuevo pacto”
El bautismo es la señal de iniciación al pueblo del pacto, tanto para los adultos como para sus hijos. Así como Abraham tenía la responsabilidad y la bendición de circuncidar a Isaac, los creyentes bautizaban a sus hijos porque eran portadores de una gran herencia. Creemos que el bautismo, como señal del nuevo pacto, debe administrarse a los hijos de los creyentes por que son parte del pueblo del pacto.
Este bautismo viene a ser símbolo de inclusividad en la gracia y en el pacto de Dios con el pueblo y confirma que Dios llama a la gente (aún infantes) antes de que sean capaces de dar una respuesta en fidelidad.
Quinto Planteamiento: “Llamados a la obediencia como pueblo del Pacto”
Como pueblo del pacto somos llamados a la obediencia no sólo de admistrar el símbolo sino que como congregación y como padres, estamos llamados a guiarlos, a educarlos y formarlos en la vida cristiana e instruirlos a fin de que manifiesten una respuesta personal a través de la profesión pública de su fe en Cristo; respuesta al amor de Dios proclamado en su bautismo (La Confesión de 1967, sec. B, 9-51)
Cuando respondemos en obediencia “testificamos que ese bautismo es el sello perpetuo de nuestra adopción”, según reza en la Segunda Confesión Helvética (xx, 5.186) y “en el nombre de Cristo somos enlistados, ingresados y recibidos en el pacto y la familia, y así en la herencia de los hijos de Dios” (5.187)
En esta obediencia, “la Iglesia muestra su fe y diligencia trayendo los niños para ser catequezados, ansiosa y gozosa de tenerlos bien instruidos” (Seg. Conf. Helv. 5-233)
La Confesión Escocesa señala que “este sacramento fortalece la fe de los hijos y, por la participación de estos en el sacramento, sellan en sus corazones la seguridad de la promesa, y esa más que bendita conjución, unión y asociación que los elegidos tienen con su cabeza, Cristo Jesús” (Cap XXI, 3.21)
Por último señalamos, que al hacerlo en obediencia, afirmamos que la eficacia del bautismo no está limitada al momento preciso cuando se administra, ya que la gracia prometida en el bautismo se manifiesta y se confiere por el Espíritu Santo a quienes esta gracia (sea adulto o infante) de acuerdo con el consejo de la voluntad de Dios y lo cual sucede en el tiempo señalado (Westminster 6.159).
Estos cinco planteamientos nos dan la base fundamental para administrar el bautismo infantil como señal y sello del nuevo pacto de Dios con la Iglesia.

III. El Bautismo de Infantes
1. Antes de la Reforma Protestante
El testimonio histórico dentro de la Iglesia es muy importante; y aún el silencio de la Biblia al respecto, tiene más fuerza para favorecerlo que para rechazarlo.
Irineo (130 - 195 DC) - obispo de Lyon, testifica: “Cuando Cristo vino a salvar a todos aquellos que han sido regenerados por él, lo mismo los infantes, que los niños, que los jóvenes, que los ancianos” (Contra Herejías II, Cap XXII, Sec.4).
Un historiador de la época como Orígenes (185 - 254) el erudito más grande de la Iglesia primitiva, treinta años después aproximádamente, cita la tradición apostólica en favor del bautismo infantil diciendo: “ Los párvulos son bautizados según la costumbre de la Iglesia. La Iglesia recibe esta tradicción de los apóstoles” (Comm. In Epíst. Ad Romanos, Lib. V).
Cipriano de Cartago (200 - 258) - pastor de Cartago, dice: “A los niños se les bautizaba al octavo día, o antes, por temor a que se condenaran”. (Epístola LVIII,2).
El Concilio de Cartago (253 Ad) da por aceptado el bautismo a infantes y discute si deben ser bautizados antes de ocho días.
San Agustín de Hipona (354 -430) - obispo de Hipona es otro defensor del bautismo infantil y señala que Cristo es el verdadero ministro del bautismo, nunca sugiere que los infantes necesitaran o tuvieran fe para recibir el bautismo, sino que la fe de los padres y de la iglesia los beneficiaba.

2. En y después de la Reforma Protestante
La teología del bautismo infantil tiene su énfasis en la función iniciadora dentro de la comunidad, porque el bautismo, no importa la edad de la persona bautizada, significa la gracia de Cristo y el llamamiento al crecimento. La legitimidad del bautismo infantil no fue negada sino hasta los días de la Reforma, por los anabautistas.
La tradición reformada dio importancia al concepto de que el bautismo era la señal del nuevo pacto y como tal los infantes debieron admitirse al nuevo pacto tan pequeños como los niños judíos eran admitidos al antiguo pacto por medio de la circuncisión. Entiende nuestra tradición que el bautismo fortalece la fe, y da a los padres la certidumbre de que su hijo se ha incorporado al pacto, y da al niño el derecho en él, aún en un estado inconsciente una rica fuente de consolación a medida que crece. Creemos que la naturaleza, el poder y el significado del bautismo dependen de Cristo y no de la insuficiencia humana.
Lutero señala que en la salvación, la iniciativa siempre es de Dios, y esto es lo que se anuncia cuando se bautiza a los infantes porque el bautismo no es válido sólo en el momento que se administra, sino en toda la vida.
Calvino es el más prominente defensor del bautismo infantil y lo ubica dentro de la teología del pacto. Zwinglio, quien fue discípulo de Calvino, le siguió los pasos en su concepto del bautismo infantil.
Nuestra Iglesia ha tenido a bien continuar la tradición reformada del bautismo de infantes básandose no solamente en la teología del pacto que nos distingue sino en todo ese testimonio histórico que ha sido fundamento para nuestra interpretación.


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