Una Breve Declaración de Fe 
  Lo que Creemos los Presbiterianos
En la vida como en la muerte pertenecemos a Dios. Por la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo, confiamos en el Dios único y trino, el Santo de Israel, a quien sólo adoramos y servimos.

Confiamos en Jesucristo, plenamente humano, plenamente Dios. Jesús proclamó el reinado de Dios: predicando buenas nuevas a los pobres y libertad a los cautivos, enseñando por medio de palabra y hechos y bendiciendo a los niños, curando a los enfermos y sanando a los quebrantados de corazón, comiendo con los despreciados, perdonando a pecadores y llamando a todos a arrepentirse y creer en el evangelio. Condenado injustamente por blasfemia y sedición, Jesús fue crucificado, sufriendo la profundidad del dolor humano y dando su vida por los pecados del mundo. Dios levantó a este Jesús de los muertos, vindicando su vida sin pecado, rompiendo el poder del pecado y del mal, rescatándonos de la muerte a la vida eterna.

Confiamos en Dios, a quien Jesús llamó Abba, Padre. En amor soberano Dios creó al mundo bueno e hizo a cada uno igualmente a imagen de Dios, varón y hembra, de toda raza y pueblo, para vivir como una sola comunidad. Pero nos rebelamos contra Dios; nos escondemos de nuestro Creador. Desconociendo los mandamientos de Dios, violamos la imagen de Dios en otros y en nosotros mismos, aceptamos las mentiras como verdad, explotamos al prójimo y a la naturaleza, y amenazamos de muerte al planeta confiado a nuestro cuidado. Merecemos la condenación de Dios. Sin embargo Dios actúa con justicia y misericordia para redimir a la creación. Con amor perdurable, el Dios de Abraham y Sara escogió a un pueblo del pacto para bendecir a todas las familias de la tierra. Escuchando su clamor, Dios liberó a los hijos e hijas de Israel de la casa de servidumbre. Amándonos aún, Dios nos hace, con Cristo, herederos del pacto. Como madre resuelta a no abandonar a su niño de pecho, como padre que corre a dar al pródigo la bienvenida al hogar, Dios sigue aún siendo fiel.

Confiamos en Dios el Espíritu Santo, en todo lugar dador y renovador de vida. El Espíritu nos justifica por la gracia mediante la fe, nos deja libres para aceptarnos, y para amar a Dios y al prójimo, y nos unifica con todos los creyentes en el cuerpo único de Cristo, la iglesia. El mismo Espíritu quien inspiró a profetas y apóstoles norma nuestra fe y vida en Cristo por medio de la Escritura, nos compromete por la Palabra proclamada, nos hace suyos en las aguas del bautismo, nos alimenta con el pan de vida y la copa de salvación, y llama a mujeres y hombres a todos los ministerios de la Iglesia. En un mundo quebrantado y temeroso el Espíritu nos da valor para orar sin cesar, para testificar de Cristo como Señor y Salvador ante todos los pueblos, para desenmascarar idolatrías en la iglesia y en la cultura, para oir el clamor de los pueblos por largo tiempo silenciados, y para laborar con otros por la justicia, la libertad y la paz. En gratitud a Dios, dinamizados por el Espíritu, nos esforzamos por servir a Cristo en nuestras tareas diarias y por vivir vidas santas y gozosas, mientras aguardamos el nuevo cielo y la nueva tierra de Dios, orando “¡Ven, Señor Jesús!”

Con los creyentes en todos tiempos y lugares, nos gozamos que nada en la vida o en la muerte puede separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. Gloria sea al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Amén


Esta declaración fue presentada y aprobada por la 202da. Asamblea General (1990) y aparece como documento oficial en el Libro de Confesiones de la Iglesia Presbiteriana (U.S.A.)

Home