| por el Rev. Ernesto Hernández
El Presbiterianismo es un sistema representativo
de gobierno basado en la Palabra de Dios que define nuestra estructura
eclesiástica. Siguiendo el modelo bíblico de elegir a sus
dirigentes de entre sus propios miembros (Ex. 18:2; 24:1; Hech. 14:23;
1 Tim. 4:14), las iglesias Presbiterianas eligen Presbíteros (ancianos)
de entre los miembros de la congregación para que dirijan y gobiernen
la iglesia. En la estructura Presbiteriana se reconoce que solamente Jesucristo
es la cabeza y autoridad suprema de la iglesia. (Efe. 4:15; Col. 1:18).
Por esta razón, uno de los grandes principios históricos
que se enfatiza en nuestras congregaciones dice que: “Solamente Dios es
el Señor de la conciencia y la ha dejado libre de doctrinas y mandamientos
de los hombres que son de alguna manera contrarios a su Palabra o extraños
a ella, en materia de fe y adoración.” (G-1.0301)
La iglesia Presbiteriana entiende que su propósito y su misión
en la tierra son “la proclamación del evangelio para la salvación
de la humanidad, el amparo, la educación, y la confraternidad espiritual
de las criaturas de Dios.” (G-1.0200)
La proclamación de este evangelio toma en cuenta la tradición
histórica Reformada, tal como ha sido expresada en la Palabra de
Dios y también en las Confesiones que la iglesia ha formulado a
través de la historia. Nuestra estructura eclesiástica, por
hermosa que sea vendría a ser un “címbalo que retiñe”
si no tuviera el sólido fundamento Bíblico de las creencias
de la Fe Reformada. El grupo de creencias que los Presbiterianos llamamos
las “Creencias Esenciales” constituyen el fundamento de nuestra fe y el
vínculo que nos une bajo un común denominador. Entre las
creencias prominentes se encuentran las siguientes:
Creemos que la Biblia es la Palabra de Dios (2 Tes. 2:13; 2 Tim. 3:15,
16) y que la Palabra escrita bajo la inspiración del Espíritu
Santo, da testimonio de la Palabra viva que es Jesucristo (Jn. 5:39).
Dios, quien a través de la historia se ha revelado a la humanidad
de diferentes formas, se reveló en toda su plenitud por medio de
la Persona de Jesucristo.
En su soberanía Dios nos elige y se relaciona con nosotros por
medio de Pactos. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento Dios hizo
convenios con la humanidad a fin de expresar su amor y su misericordia
en términos que fueran entendidos por todos. Estos pactos son expresiones
del
“pacto eterno” (Jer. 32:40) que fue ratificado por la sangre de Cristo.
(Heb. 13:20)
En este pacto Dios se compromete con la iglesia, la cual es su cuerpo,
a perdonarla y nunca más acordarse de sus pecados. Nuestra respuesta
a la gracia de Dios es expresada por medio de la fidelidad y el servicio
a Jesucristo. (Heb. 10:16-23)
El eterno compromiso que Dios ha hecho con nosotros es evidente en
el hecho que Dios nos escogió desde “antes de la fundación
del mundo” para que fuésemos salvos en Cristo. (Efe. 1:4, 5; 2 Tes.
2:13) Lo que motivó a Dios a hacer esto no fue ninguna acción
de parte nuestra, “nos salvó, no por obras de justicia que nosotros
hubiéramos hecho, sino por su misericordia... por su gracia.” (Tito
3:5-7) Este acto de elegirnos fue hecho, “según el puro afecto de
su voluntad.” (Efe. 1:5) No hay nada que podamos hacer para ganar o merecer
la salvación que Cristo logró en lugar nuestro. Una persona
que fue escogida y llamada por Dios, no puede perder su salvación.
“porque los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables.” (Rom. 11:29).
Esto es gracia, el favor inmerecido de Dios.
Dios es el que ha tomado la iniciativa en nuestra salvación,
por eso envió a Jesucristo a “buscar y salvar lo que se había
perdido.” (Lucas 19:10) y en su gracia nos renueva por medio de los Sacramentos.
El bautismo es la señal de la gracia y del pacto divino, por medio
de él damos testimonio a la verdad de que en su gracia de Dios nos
llama, a nosotros y a nuestros hijos, a formar parte de la familia del
pacto. La Cena del Señor es el sello que nos confirma y nos renueva.
Así como los hijos de Isarel, al comer el maná “comieron...
alimento espiritual”, nosotros también somos alimentados espiritualmente
por medio de la comunión. Dios nos invita a formar parte de su Iglesia,
la cual está compuesta de todo creyente que ha profesado su fe en
Jesucristo.
¿Por qué pues, somos Presbiterianos? Somos Presbiterianos
porque confiamos en un Dios que nos ha escogido en Jesucristo para salvación
y nos adoptado para formar parte de la familia del pacto. Por esta razón
nosotros le servimos a través de una iglesia que reconoce una estructura
eclesiástica donde todos tenemos los mismo derechos y podemos responder
en libertad al compromiso de servir a Jesucristo.
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